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LA PRIMERA    
EDITORIAL EN LA RED
para escritores españoles, latinoamericanos y latinos

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la obra

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Viaje a los Olivos...

a mi pequeña Andrea, porque esta novela se escribió
mientras ella dormía y soñaba con las estrellas.

 

Durante dos años compartimos habitación con el moreno Dieguito, último superviviente de los indios que trajo mi padre en el primer viaje. Mucho jugamos con él a la pelota, a las tabas, al tira y afloja y al escondite, pero no supimos merecer su amistad; malo era si le ganábamos y por si le dejábamos ganar... Poco antes de sucumbir al sarampión, Dieguito se me encaró y entre toses perrunas me dijo que, después de mi progenitor, yo era el mayor falsario que había conocido. (Hernando Colón)

                                                                   España, 1493.

    Alto el disco solar. En la llanura de trigo que baja por el Guadalquivir una coz de caballo partió el pecho a Bonifacio Serena, obispo de Burgos. Nadie hubiera imaginado que la muerte de aquel señor de grandes poderes llegaría en un día tan corriente y anodino como ese. Nadie, ni siquiera él mismo que a la sazón paseaba tan despreocupado y quitado de la pena tras haber persuadido mediante muchas y difíciles palabras a Sancio, el ayuda de cámara, sobre la conveniencia de salir al campo y fundirse entre la gente simple y agreste del bajo pueblo, aunque para ello tuviera que disfrazarse de clérigo harapiento. Sin embargo estaba escrito. Las redes del destino habían confabulado su emboscada y todo debía cumplirse según lo previsto por un pequeño chamán, quien al otro lado del mar estaba soñando esa misma escena de muerte mientras dormía en su hamaca de palma junto a las aguas dulces y frescas del río Grijalva.

Un jinete solitario y de armadura reluciente apareció en el camino. Rodeó a Bonifacio mientras picaba espuelas al caballo para encabritarlo.

-Buen hombre, ¿hacia donde diriges vuestros pasos?

-Hacia el silencio absoluto.

El eco tragó una risa hueca, plopante. Bonifacio Serena se apostó confiado en su inexorable poder disciplinario. Pero esta vez la psicología del héroe estaba gobernada por designios polares más allá de su alcance. Más bien se abismaban uno al otro con admirable involuntad de subordinación. Cuántas veces observó al impresionante ballestero. Los crespos cabellos ondeados por vientos del norte que lo circundaban, el negro listón del que viaja sin comarca. Pero sobre todo, no podía desprenderse del aspecto bestial de aquel hombre, cuyos bufidos y cuernos de vapor salían por entre las rejillas del yelmo como natas del infierno.

-¡Hey, decid nombre y mostrad permisiones!

-Jamás cargo más autoridad que la representada por este sayal, y si ando a flor destos caminos debido es a mi solitaria potestad.

-Morid pues, hijo del gran diábolo, que yo vengo a cumplir ordenanzas del Reino. Me manda vuestra majestad el Señor Gobernador.

Entonces el caballo encabritado fue picado con rabia en la zona alta de los testículos y allá soltó la certera coz que dio en el centro del tórax desprotegido del obispo de Burgos. Fue un golpe seco, ahuecado apenas, pero con la misma fuerza de un tronquete afanado en derrumbar un pórtico. Inmediatamente se hizo un vacío. La heredad que reservaron títulos comarcanos, heráldicas, fuertes y villorrios empezó a desvanecerse con aquel crujir de huesos que sus oídos percibían como un rumor lejano. El otro, el criado traidor levantó el ventalle de su casco para escupir tres veces al suelo y antes de galopar huyendo, pronunció algunas palabras extraviadas para siempre.

Ahí quedó moribundo el obispo. Los cronistas más contemporáneos afirman que no se cubrió de tinieblas inmediatamente, sino que levantó la cara apoyándose en la tierra y pudo aún incorporarse como para salir del asombro. Pero después de unos pasazos se desplomó como un fardo arrojado desde el cielo. Entonces entornó los ojos plegándolos hacia un punto extraviado en el infinito celeste y una luz diagonal permitió que recordara una vez más la esfera de su muerte. Después, incienso, humo y niebla lo cubrieron a pesar de la aferrada fuerza con la que empuñaba un pequeño baúl con el pergamino en rollo que lo hacía valer como Virrey de la Plata y Señor de plenos poderes en tierras del Potosí.

Su cuerpo aún estaba tibio cuando pasó volando a ras de suelo un enjambre de cuervos. A uno que andaba extraviado le dio por chupar el cordón sanguíneo que bajaba por una comisura. Bonifacio Serena llevaba capisayo, tan oscuro como el espacio capitular que lo cubrió de tinieblas. Antes de cerrar los ojos para siempre, acudieron a su memoria extrañas imágenes, visiones confusas, huecas palabras, deseos, pequeñas láminas azules donde figuraban inumerables rostros de hombres y mujeres. Todo empezó a debilitarse a medida que las fuerzas lo abandonaban. Sin embargo, aferradas a su memoria se volvieron nítidas las siguientes palabras de un moro menesteroso y harapiento que un día se plantó en medio del camino polvorieto y sin decir agua va, hizo detener la caravana de carruajes que lo conducían a los baños termales de Aranjuez <<Deteneos señor obispo, gran benefactor y engañador del mundo. Multiplicaos y vomitad de una vez por todas el pan que os ha sido encomendado. Voluntariamente romped una de vuestras falanges para que nunca se aflijan los fieles, y si acaso revienta huesos la muerte, acatadla con sabia disposición. Al Paraíso dejaros llevar aflojado y nunca se os ocurra indagar más de lo heredado porque ingresaréis a laberintos de muerte. Plenamente endulzad hasta donde podáis. Ya sabes del regocijo que nos reserva lo grande tanto en la oración como en el sexo, que nada podrán los azarosos en contra vuestra. Pero decidme ¿te llamas Edén, Adán?, ¿te llamas Pedro? Bonifacio Serena es el menos verdadero de vuestros nombres, nunca lo dudéis. Anda, id y predicad por todo el Reino premáticas y cuantas paradójicas virtudes la vida os ha revelado.>>.

Un hilo de sangre negra chorreaba por una de sus comisuras. El cielo descendía cada vez más y su mente confundida no podía expulsar la imagen del moro menesteroso. Así estuvo luchando unos minutos, los últimos de su vida, hasta que un gran esfuerzo de voluntad soterrada obró para que aquella imagen saliera de su cabeza y se perdiera para siempre en el polvo de aquel camino. Ahora todo terminaba. Las nubes se hacían más bajas, el cielo más oscuro. Nada significaban aquellos y otros muchos discursos que le habían sido endilgados a lo largo de su vida, pues del mundo desaparecían todos y cada uno de los hombres conocidos por él, incluidas sus estúpidas ambiciones, amores y codicias. Del Reino suyo, tan afamado y poderoso apenas quedaban rastrojos quemados. Las ganancias en oro y plata de las almas conversas se habían ido a la mierda para siempre. Los favores del Papa sonaban a palabrejas de mercader hambriento. Nada significaban aquellos ríos de tinta esparcidos en pergaminos que lo acreditaban como único y legítimo poseedor de nuevos territorios cristianizados en provincias de la Nueva España. Mucho menos era capaz ya de recordar el nombre de alguna de las ocho mujeres que le habían hecho roturaciones de amor en el cuerpo y en ese mismo sexo ahora tan apagado e inútil como en sus primeros días cuando había llegado al mundo parido por una mujer también enloquecida desde muy joven gracias a las malas artes del odio, la traición, la codicia, los celos, el perjuro y las apostasías frustradas, así como todas y cada una de las veces en que ella, loca de amor y loca de ira intentó cortarse las venas con cuchillos para desollar vísceras de cerdo.

Pero su madre hacía muchos años había muerto y ahora su respiración apenas útil para darle unos minutos de vida le permitía darse cuenta que ya no la recordaba, que en realidad nunca había significado mucho para él, que en realidad siempre la había odiado y no en pocas ocasiones había deseado estrangularla con sus propias manos, Dios me perdone, alcanzó a murmurar, pero solo un poco porque al mismo tiempo comprendió que en su vida tampoco habían valido de mucho los favores del Papa firmados con su puño y sellados con lacre en pergamino pontificial, así como tampoco habían valido para gran cosa todas esas ínfulas y barberías que a diestra y siniestra le prodigaban las cortes de lameculos arrastrados que llegaban a corte. Lejos, muy lejos quedaban ahora los banquetes, los sermones aderezados con vino chorreante, músicos italianos y farsantes acompañados por séquitos de comediantes, los cuales tan pronto entraban al palacio del Señor Gobernador mandaban cerrar las puertas de Palacio, muy a su gusto y el podía entonces liberarse de los asedios y súplicas de todos esos mendigos que día y noche lo acosaban en busca de favores e intercesiones, los mismos que por unas cuantas indulgencias solían ser dóciles y dispuestos a todo, incluso a dejarse marcar las carnes por verdugos inquisitorios, como se hace con las terneras de lidia para no perder la cuenta de los pecadores que habitan en este mundo. Ya nada vale, nada sirve, todo se va cerrando, todo va perdiendo sentido, importancia, razón de ser. Su cuerpo se corta, las extremidades se aflojan, los dedos se abren, apenas tiene fuerzas para abrir un poco los párpados, un poco de saliva en la lengua. Ya no hay nada, nada. Sólo llega el silencio, la obscuridad, la muerte.

 

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